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Nostalgia

junio 29, 2020

Sin pausa. He hecho de mi vida un camino constante, uno sin escalas, en donde correr era mi necesidad, así como para muchos otros lo sigue siendo. Del colegio pasamos a escoger, sin importar la pasión, lo importante es iniciar esa carrera, la carrera del tiempo y del conocimiento normativo que nos impulsaría a tener un futuro y a renunciar al pasado.

Miro a mis compañeros como adversarios y la carrera se convierte en una competencia que otorga cansancio y promete recompensa. Con un pensamiento progresivo no renuncio, los amores y las pasiones las veo quedarse y renacer en pequeños trozos de ilusión que me impulsan a seguir. Así nos alimentan la necesidad, aquella que sentimos tan indispensable. Ignoramos la fortuna del que continúa la carrera de la mano de su pasión y la esclavitud del que recoge trozos de una imagen borrosa de lo que amó, utilizándolos como combustible contaminado.

Nací para correr, eso es lo que siempre me dicen. Los procesos son distintos, pero todos reconocen al más veloz y desconocen al que se detiene, al que se autoconoce, al que piensa distinto. Sigo corriendo, pero la pasión se desdibuja, va quedándose en el pasado. No quiero perderme, pero no puedo evitar tropezar. En el suelo veo un brote rojo, mis oídos se ensordecen con el latido forzado de un corazón que quiere apegarse a cualquier fuente de alimento, la vista se enceguece con la brillantez de los colores en reunión. Pausa.

Los colores se separan, rosa, morado, amarillo, verde, escarcha. Me maquillo con maquillaje de fantasía: brillo, sombras satinadas, rubor rosa barbie, escarcha; cojo todas las hebillas de colores, los ganchos de peces, las pulseras de pelotitas y una chaqueta de jean rosa. Veo los monachos que más me gustan, me rio, pero al rato empieza a doler.

El colegio, las burlas, el rechazo y la hermana que habla de feminidad como si fuésemos un maniquí con etiqueta. Cierra las piernas, siéntate bien, bájale el ruedo a la falda, “la virtud de una mujer es reprimir su deseo de libertad”. Próxima al grado, escucho que el arte da escasamente las migajas de un pan. Desvío la mirada e inicio una carrera que me asegure el pan.

Despierto, vuelvo a ver lo que brota de mi piel: rojo. Vuelvo a escuchar un corazón que se alimentó de un sueño de nostalgia. Empieza a doler cada recuerdo que emerge de la infancia, la adolescencia, del desamor convertido en soledad. El dolor me recuerda que más viva no puedo estar, que el pasado no se abandona, que los tropiezos me dan una forma más abstracta y me transforman en arte. Que tengo sed de amar y de sufrir, sed de obrar con pasión, sed de convertirme en lo más femenino: abrir las piernas, subirme la falda y ser dueña de mi fuerza. Así es que dejé de correr, la contusión y el aturdimiento me detuvieron para devolverme lo que borroso ya veía.

El dolor lanza recuerdos como corrientazos de alerta a un cerebro que antes yacía adormecido y olvidadizo, que no caminaba para apreciar la fortuna de lo sencillo.

Laura Chaves Barrera

Soy Laura, me dicen Salsa. Me da vida la mezcla del color, la textura y la existencia de miles de personajes de película.

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